Cómo los manicomios del siglo XIX convirtieron el sufrimiento en espectáculo. Por Cristina Fernández Montes.
Cuando la compasión se cobró entrada
Hubo un tiempo, no tan lejano como quisiéramos creer, en que la locura era un entretenimiento.
Las familias paseaban por hospitales psiquiátricos los domingos, como quien visita un zoológico.
Pagaban una moneda, y a cambio podían observar a los “insanos” tras rejas, oír sus gritos, reírse de sus movimientos.
Era el siglo XIX, la era del vapor, la electricidad y los grandes avances científicos… pero también la era en que el sufrimiento ajeno se institucionalizó como espectáculo.
Aquellos “turistas de la miseria” no eran monstruos aislados, si no el reflejo de una sociedad que veía la enfermedad mental como un recordatorio del pecado, del desorden, de lo que convenía mantener lejos.
Visitar un manicomio servía para sentir alivio moral; “yo no soy como ellos”, pero detrás de cada entrada pagada, había un sistema económico, moral y político que se sostenía sobre la humillación pública de los vulnerables.
Bedlam: el primer parque temático del dolor
En Londres, el Bethlem Royal Hospital, conocido popularmente como Bedlam, fue el epicentro de esa perversión. Durante los siglos XVII y XVIII, sus puertas se abrían al público varias veces por semana.
Miles de personas acudían cada año, muchas veces con niños, para ver a los internos como parte de su ocio familiar.
Los pacientes gritaban, se golpeaban contra las paredes o permanecían catatónicos (es decir, inmóviles).
Los visitantes se asomaban por las celdas, comentaban el “espectáculo” y dejaban unas monedas en una caja de limosnas que, irónicamente, decía estar destinada a “los pobres del hospital”.
Los documentos del propio Bethlem estiman que llegaron a recibir más de 90.000 visitantes anuales, una cifra cercana a la asistencia de algunos teatros de la época. La aristocracia londinense también acudía, convencida de que ver la miseria ajena era una forma de instrucción moral.
“Así se aprende a agradecer la cordura”, decían algunos panfletos.
El término “Bedlam” acabó convirtiéndose en sinónimo de caos, descontrol y ruina moral.
Pero el verdadero caos estaba fuera, en la mirada del público.
El manicomio no fue solo una institución médica, fue un espejo deformado de la sociedad, donde la empatía y el morbo se confundieron tanto que se volvieron indistinguibles.
La Salpêtrière: el teatro de la ciencia
Un siglo después, en París, Jean-Martin Charcot, considerado el padre de la neurología moderna, ofrecía sus famosas Leçons du mardi (“lecciones de los martes”).
Eran sesiones clínicas en las que mujeres diagnosticadas de “histeria” (término usado entonces para cuadros de ansiedad, trauma o convulsiones psicógenas) eran “hipnotizadas” ante una audiencia de médicos, estudiantes y damas de la alta sociedad.
La prensa las describía como “espectáculos de la mente”.
Las pacientes, bajo sugestión, contorsionaban el cuerpo, gritaban, se desplomaban, y los presentes aplaudían o tomaban notas.
Charcot creía sinceramente estar estudiando la neurología del trauma, y su trabajo dio origen a avances reales.
Pero con el tiempo, incluso sus discípulos, como Freud, comprendieron que aquellas demostraciones tenían algo profundamente teatral y humillante.
Las mujeres de La Salpêtrière eran, sin saberlo, las primeras “influencers médicas” involuntarias de la historia, usadas para legitimar un discurso científico en una sociedad todavía misógina y espectacularizada.
El dolor femenino fue convertido en arte.
Y, como ocurre todavía hoy, el público confundió vulnerabilidad con espectáculo.
Blackwell’s Island: la infiltración que cambió la historia
En 1887, una joven periodista de solo 23 años, llamada Nellie Bly decidió fingir un brote psicótico para ser internada en el asilo de mujeres de Blackwell’s Island, en Nueva York. Su objetivo era denunciar lo que los rumores susurraban, palizas, abusos, hacinamiento y negligencia.
Durante diez días, Bly convivió con más de 1.600 mujeres encerradas en condiciones infrahumanas. Dormían sin mantas, comían comida podrida, eran bañadas con agua helada y castigadas con aislamiento.
Las enfermeras las insultaban, y los médicos apenas las miraban.
Pero lo más perturbador fue que cuando Bly empezó a comportarse de manera normal, los doctores confirmaron que estaba loca, porque “los locos siempre dicen que están cuerdos”.
Aquella paradoja resume todo el horror de la institucionalización, que una vez etiquetada, la persona dejaba de existir como sujeto, y todo lo que hiciera, aunque fuese racional, se interpretaba como prueba de su enfermedad.
Las crónicas de Bly, publicadas en el New York World bajo el título Ten Days in a Mad-House, sacudieron a la opinión pública.
Por primera vez, los lectores se vieron dentro de los muros, y no como visitantes sino como testigos.
Las autoridades tuvieron que intervenir.
Los presupuestos de los asilos aumentaron, se implementaron inspecciones, y nació una nueva conciencia, que la salud mental merecía cuidado, no espectáculo.
La psicología forense detrás del morbo
Desde la psicología forense, el turismo manicomial revela mecanismos de deshumanización perfectamente estudiables.
Efecto de distanciamiento moral:
Cuando una persona sufre públicamente, el espectador tiende a convencerse de que el otro ha hecho algo para merecerlo.
Es el mismo sesgo que aún hoy alimenta el “culpar a la víctima” en delitos y abusos.
Si el loco “eligió perder la razón”, el cuerdo se siente a salvo.
Reforzamiento del orden social:
Mostrar la locura servía como advertencia: “Así acabarás si te sales del camino”.
El espectáculo de la enfermedad se convirtió en un dispositivo de control.
En palabras de Michel Foucault, fue “la gran exclusión” (la estrategia social de apartar lo que incomoda para mantener la ilusión de normalidad).
Desensibilización colectiva:
La exposición repetida del sufrimiento desactiva la empatía (el mecanismo neuronal que nos hace sentir el dolor ajeno).
Cuantas más visitas, menos compasión.
Era (y sigue siendo) una forma de anestesia moral.
El plan Kirkbride: cuando la arquitectura quiso curar la mente
No todo en el siglo XIX fue oscuridad.
En Estados Unidos, el médico Thomas Story Kirkbride diseñó un modelo de hospitales psiquiátricos que parecía revolucionario, edificios luminosos, rodeados de jardines, con ventilación cruzada y alas en forma de “murciélago” para favorecer la calma y el aislamiento progresivo.
Su idea era casi poética: que “La belleza puede curar la mente”.
Durante unas décadas, funcionó.
Pero el sistema no se adaptó al aumento masivo de internamientos, la pobreza, la migración y la guerra civil llenaron los asilos más allá de su capacidad.
Las flores se marchitaron. Las alas se convirtieron en cárceles y el ideal terapéutico se transformó otra vez en confinamiento masivo disfrazado de ciencia.
Cuando el público se cree inocente
El turismo de manicomios no fue una aberración aislada, fue una forma de entretenimiento sostenida por todos los niveles sociales.
Era rentable, educativa y moralmente tranquilizadora y esa mezcla es lo que la hacía tan peligrosa.
Porque, en el fondo, lo que se vendía no era la locura, sino la cordura del visitante. El espectador salía del manicomio sintiéndose más sano, más estable, más humano que los que acababa de ver. Era un ritual de reafirmación social, “yo pertenezco al lado correcto de la reja”.
Hoy, esa lógica sigue viva cada vez que el sufrimiento ajeno se convierte en contenido: reality shows, redes sociales, titulares morbosos, videos de personas en crisis mental usados para reír. El escenario ha cambiado, pero el público sigue igual de sediento.
La mirada forense sobre la humillación
Desde el enfoque forense, que estudia las conductas humanas en contextos judiciales o institucionales, fue un crimen sin juicio.
Hubo víctimas, hubo responsables, hubo lucro, pero nadie respondió por ello y ese vacío de responsabilidad histórica tiene consecuencias psicológicas, una sociedad que nunca reconoció su culpa tiende a repetirla.
En 2025, aún existen países donde se permite que las personas con trastornos mentales graves sean encadenadas o exhibidas en centros improvisados y aún hay medios que filtran videos de brotes psicóticos como si fueran curiosidades. La lección no está aprendida, apenas está empezando.
La ética que debemos a los olvidados
La psicología moderna nació, en parte, sobre las ruinas de esos muros.
Pero el progreso técnico no basta si no va acompañado de una ética consciente de sus sombras.
Cada informe pericial, cada diagnóstico, cada sesión clínica es una oportunidad para devolver humanidad a quienes fueron despojados de ella.
La historia de Bedlam, de Charcot, de Bly y de todos los que fueron “vistos sin ser mirados” no debería leerse con distancia académica, sino con reflexión.
De la exhibición al testimonio: el papel de la psicología forense actual
Hoy la psicología forense tiene el deber de hacer lo contrario que aquellos espectáculos, proteger lo invisible. Donde antes se abrían puertas para mostrar, ahora deben cerrarse para preservar la intimidad. Donde antes se diagnosticaba con prejuicio, ahora debe hacerse con evidencia y donde antes se callaba, ahora hay que denunciar.
El trabajo forense no es solo técnico, es una forma de memoria histórica aplicada. Entender cómo la sociedad justificó el maltrato institucional es entender cómo se fabrican los estigmas que aún persisten.
Los muros que todavía hablan
Hoy, muchos de aquellos asilos permanecen en ruinas.
Algunos se visitan como museos del horror, otros se han convertido en hoteles, residencias o campus universitarios… pero si uno escucha con atención, las paredes aún cuentan su historia. Hablan del frío, del miedo, de la culpa colectiva.
Los manicomios fueron el espejo de una sociedad que prefería exhibir la locura antes que entenderla.
Quizá ese sea el aprendizaje más forense de todos:
cuando la ciencia olvida la compasión, se convierte en espectáculo.
Y cuando la sociedad confunde curiosidad con empatía, vuelve a pagar entrada para mirar el sufrimiento ajeno.

